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Rol del grabado en la circulación de imágenes

De acuerdo con Adam Bartsch (1757-1821), una matriz calcográfica podía rendir cuatro mil grabados aceptables, mientras que una matriz xilográfica podía engendrar diez mil. Así pues, mientras las imágenes autógrafas se creaban, manualmente, de una en una, las imágenes grabadas se podían crear, mecánicamente, de mil en mil. Aunque no todos los grabados creados a partir de una misma matriz fueran de la misma calidad —las matrices se desgastan con el uso—, la producción de estampas creó la posibilidad de incrementar, exponencialmente, el número de imágenes circulantes. 

Por otro lado, las imágenes grabadas podían producirse a costos relativamente bajos. Según documentos de los siglos XVI, XVII y XVIII, una edición con un tiraje de cientos podía cubrir todos los costos de publicación de un grabado calcográfico (la plancha de cobre, el diseño, su tallado, el papel, la tinta y la impresión). Así pues, dados los rendimientos documentados de una plancha de cobre, la publicación de un grabado podía arrojar significativos márgenes de ganancia para sus editores. 

Ahora bien, como los grabados se suelen imprimir sobre pliegos de papel, son objetos relativamente pequeños, prácticamente bidimensionales y poco menos que ingrávidos. En otras palabras, son imágenes sumamente portátiles. Dado el enorme volumen de los grabados, su bajo costo y su gran portabilidad, ingentes cantidades de estampas europeas circularon por todo el mundo durante la primera globalidad. De hecho, los grabados fueron las imágenes más difundidas por el orbe hasta el advenimiento de la fotografía a mediados del siglo XIX.

Una de las funciones más significativas de los grabados durante la Primera Edad Moderna fue la de servir de fuente de inspiración para los artistas del momento. Para el caso de los creadores de los territorios coloniales de los imperios ibéricos, se han podido documentar miles de ejemplos de obras de arte basadas en grabados, destacando las calcografías diseñadas por Maarten de Vos (1532-1603), Pedro Pablo Rubens (1577-1640) y los hermanos Joseph Sebastian Klauber (1700-1768) y Johann Baptist Klauber (1712-1787). Así pues, los grabados inundaron los territorios ultramarinos durante los siglos XVI, XVII y XVIII, inspirando obras de arte claramente diferenciadas en los distintos virreinatos y contribuyendo, con ello, a su conquista cultural.